La caída a los infiernos de Brasil

La caída a los infiernos de Brasil

No se sabe muy cuando empezó pero la evolución y declive del fútbol brasileño no ha hecho más que destruir la imagen de un país que se ha caracterizado por tener el fútbol en un altar. Una especie de religión que no conoce límites entre la población devota y que se encuentra en plena involución en cuánto a juego y resultados se refiere.

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La historia del fútbol en Brasil es la historia de un fútbol vistoso, alegre, espectacular y divertido. Jugar por la pasión de jugar bien. Divertir. Y ganar, por supuesto. Una forma de vivir el deporte contagiosa en una de las mejores canteras que el deporte del balón ha dado. Pelé, Garrincha, Sócrates, Zico, Romario: nombres de leyenda para ganar y divertir al público. Un grupo ganador que ha perdido su alma. A pesar de ganar el campeonato del Mundo en 1994 y 2002( jugando y perdiendo la final de 1998 ante Francia), la estrella de Brasil se apaga poco a poco. No se sabe a qué juega. Con entrenadores como Parreira, Scolari y el actual Dunga el juego natural de Brasil basado en el talento de los jugadores por encima de todo se ha ido difuminando hasta caer en un juego vulgar, miedoso y predecible que tuvo como colofón la humillante derrota en el Mundial de 2014 sufrida ante Alemania por 1-7. En casa y retransmitida a todo el mundo y con un ambiente de crispación con protestas sociales en un país asolado por la corrupción institucional. Una corrupción a la que no es ajena la Federación Brasileña de Fútbol. El expresidente, José María Marín, está encarcelado en Suiza por diversos escándalos y su sucesor, Marco del Nero, está en el ojo del huracán y cerca de seguir sus pasos.

Una corrupción de los dirigentes y una corrupción futbolística que ha enterrado el juego clásico de Brasil. El llamado jogo bonito. A una defensa frágil y débil, con el llorón oficial del pasado Mundial Thiago Silva como máximo exponente, se unen unos laterales sin apenas recorrido en ataque por culpa de la estrategia táctica del entrenador Dunga que dan poco lugar a sorpresas en ataque haciéndolo más previsible. El doble pivote se ha convertido más en un problema que en una solución. No hay talento a la hora de elaborar el juego y tampoco garantizan seguridad en defensa. Los mediocentros son más como bloques de piedra destinados a destruir en lugar de construir. No por casualidad Dunga era el mediocentro discipliando y defensivo capitán de la selección campeona del mundo en 1994 que confiaba su ataque a los atacantes Romario y Bebeto, una pareja letal. Ahora, no se juega a nada en ataque y tampoco en defensa. No hay plan de juego. Solo ganar. Pero sin aportar juego o ideas para ello.

Además, el talento parece en peligro de extinción en la selección brasileña. Esta situación la hemos comprobado en la actual disputa de la Copa América donde ha caído en cuartos de final en los penaltis ante Paraguay. Un juego ramplón durante toda la competición coronado por la expulsión y sanción de 4 partidos de su mejor jugador, el jugador del Barcelona Neymar. Sus malos modos y chulería en el terreno de juego han dejado a Brasil un poco más huérfanos. No está bien ir pegando cabezazos a los rivales. Ésa es una de las consecuencias de vivir en un videojuego permanente. Y si el sustituto de Neymar es Robinho, desahuaciado de las grandes Ligas europeas después de un inicio prometedor, la cosa no pinta nada bien. Y él ha sido uno de los mejores.

Por si fuera poco, Brasil ha dejado de ser un equipo simpático y querido por las aficiones rivales. Lejos quedan los tiempos y campeonatos en los que eran recibidos con grandes demostraciones de alegría y su presencia era una fiesta. De los jugadores y las aficiones. Desde que la selección brasileña de fútbol se convirtió en una empresa de marketing más preocupada de los ingresos que de la gestión deportiva, la prepotencia y la chulería se ha convertido en una de sus máximas señas de identidad.

Un juego pobre para una de las selecciones que mejor juego ha practicado a lo largo de la historia. Una traición en toda regla a su juego e historia que se traduce en mala imagen y peor fútbol. Brasil se hunde en la insignificancia futbolística mientras la FIFA se sumerge en un mar de corrupción. Vasos comunicantes.

Los aficionados recuerdan más a la Brasil del Mundial de España del 82 y la de México 86 que a las posteriores. No ganaron. Pero su magia perdura en la mente de los aficionados. Algo que parece imposible de recuperar con el sistema actual y con Dunga al mando.

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